Pero había algo en el sonido de la cafetera de la oficina que me hacía enfermar. Ese chorro metálico, a las ocho de la mañana, era el reloj de una vida que se me escapaba entre los dedos. Me encontraba sentado en mi cubículo, rodeado de carpetas grises, observando una pantalla que no decía nada importante mientras mi cuenta bancaria chillaba auxilio cada fin de mes.
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